
Roger Granel
Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) fue la gran triunfadora de la gala de Los Oscars del pasado 26 de febrero. La película británica ganó hasta ocho estatuillas en el Kodak Theatre, incluidos el premio a mejor película y mejor dirección, los dos más preciados. Se trata de un buen filme, con mucho ritmo, que atrapa al espectador, pero que también tiene sus sombras. Por algo será que cuando se estrenó en la India levantó airadas protestas en todo el país.
La película nos cuenta la historia de Jamail Malik (Dev Patel), un chico de los suburbios de Mumbai que se presenta al juego de televisión ¿Quiere ser millonario?. Una tras otra, responde a todas las preguntas del juego. Por eso la policía sospecha de él, lo acusa de fraude y lo interroga. Así descubrimos quién es el joven Malik.
Este es uno de los puntos fuertes del filme: el montaje. La historia se centra en el concurso, donde el protagonista va ganando dinero. A partir de ahí iremos descubriendo toda su vida de una forma “cronológica”, desde que era muy pequeño hasta el momento actual. Pregunta tras pregunta crecemos con Malik, hasta que sabemos tanto como él. Se trata de un aprendizaje mútuo, del protagonista y del espectador, a través de un fantástico montaje en paralelo, con constantes flash-backs y transiciones entre escenas de gran valor visual y conceptual. Un símbolo de esta etapa es el viaje en tren, el símbolo del cambio por excelencia, el símbolo del aprendizaje, que se inicia de pequeño y que finaliza en la adolescencia. Malik aprende así, mientras crece (¿y como se puede aprender sino es creciendo?) en la calle. Pasa poco tiempo en la escuela; la vida, a veces, puede ser la mejor aula. Las clases y la calle son educaciones imprescindibles, ninguna es más importante que la otra. Nosotros, como espectadores, aprendemos también en la calle con él: quién es, como fue su niñez, a quién amó… Vamos a responder a estas preguntas.
La infancia de Malik es uno de los momentos más interesantes de la película. Con unas interpretaciones increíbles de los niños indios y con un referente claro como Cuidade de Deus (Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles, 2002), Danny Boyle nos retrata la pobreza y la explotación infantil. Las fabelas brasileñas se convierten aquí en chabolas indias, y en este espacio de caos es donde se nos muestran persecuciones, penurias, drogas, dinero… Un tema que remueve consciencias, un telón de fondo fantástico pero terriblemente desaprovechado.
El “como” se nos cuenta la historia es lo que ha levantado quejas en la sociedad india. La estética de la película es fabulosa (por algo ha ganado también el Oscar a la Mejor Fotografia); sigue con la moda actual del videoclip, un éxito casi asegurado en el mundo cinematográfico actual. Pero esta estética de videoclip (montaje trepidante, colores de postal, imagenes al ritmo de la música…), le resta denuncia y compromiso a la historia. Lo convierte en un cuento de hadas hecho para vender y para ganar dinero, no para denunciar, como debería ser. De ahí las quejas de la sociedad india, molestos porqué se muestra una sociedad donde hay penuria, pero de forma frívola, sin entrar seriamente en el problema y casi restándole importancia a éste. Un tema interesante, una puesta en escena americana. De ahí el gran éxito que ha tenido en el mundo occidental.
Otro aspecto a tener en cuenta de dicha estética videoclip es la banda sonora. En este caso, la música sí que tiene fuerza, convirtiéndose en protagonista principal del filme. Es de lo más representativo de la factoría india de Bollywood (un nombre de origen occidental), juntamente con el baile final, lo más conocido de los filmes indios. En una película occidental, hecha para el público occidental, parece que lo propio de Bollywood (la factoría que produce más filmes del mundo, recordémoslo), se pone al final, como un pequeño parche. Durante el resto de la película, del propio cine indio poco se puede apreciar. De estética occidental (factoría Hollywood), los tópicos están bien presentes.
Uno de los tópicos americanos que aparece en la película es precisamente la historia d’amor principal entre Malik i Latika (Freida Pinto), una niña que conoce el protagonista cuando muere su madre. Se trata de otra adaptación de Romeo i Julieta, un amor que mientras pasa el tiempo se vuelve más y más imposible, ya que sus vidas transcurren por caminos distintos y al final son demasiado diferentes, aunque su amor sigue siendo el mismo (o más intenso) que al principio. Pero a diferencia del clásico shakespeariano, el desenlace aquí es feliz; el “beso final” y a bailar de felicidad. ¿Hay algo más típicamente americano que el final feliz, la realización de aquél sueño imposible?
Por último hay que comentar el papel que representan en el filme los medios de comunicación. Nuevamente, la industria audiovisual es vista aquí como una factoría de sueños, un instrumento para crear mitos para que la sociedad de a pié los pueda venerar. Es el caso del actor que visita los suburbios cuando Malik es pequeño. Por él, el chico, es capaz de cualquier cosa, aunque sea poco higiénica . Y es el caso, también, del propio Malik, que participando en el popular concurso televisivo se convierte en un ídolo de masas, en un icono, un modelo a seguir. ¿Qué hay de verdad en estos personajes? ¿Hasta qué punto no son solo marionetas de las empresas para mostrarnos un espejo en el que mirarnos, y con él ganar grandes sumas de dinero? El propio presentador del programa nos lo dice: “ahora la gente te admira, Malik, la gente te adora”. Lo adoran porque lo ven como un miembro más de la gran masa pero que a diferencia de ellos, gana. Es la visualización del triunfador, de aquéllo que todos hubiéramos querido ser pero que nunca sermos. Nosotros nos levantamos cada mañana para trabajar, tenemos infinidad de problemas. La televisión es, pues, nuestra evasión, la caja de los sueños. Pero Malik será el actor que se pasa de la raya, que no actúa, que se muestra sincero: por esto conecta tanto con el público y por eso tiene todos los problemas con la policía. Pero de nuevo, el sueño se hace realidad, Malik gana a la industria televisiva, para satisfacer su sueño y ser el sueño del resto de sociedad. David gana a Goliat. ¿Otro tópico imposible?
En fin, Slumdog Millionaire es una buena película, pero que podría dar mucho más de si. Un inicio muy prometedor, pero que se desincha a medida que avanza. Un producto típicamente occidental con un telón de fondo exótico, diferente, y una puesta en escena de moda, atractiva, que nos distrae y nos evade a costa de los niños pobres de los suburbios. Algo que también se hacia en los años 40 y 50 en Hollywood, con los viajes de Ava Gardner y Clark Gable a las colonias africanas. Nunca perdemos en este filme el punto de vista occidental, el punto de vista de evasión. Gracias a todo ello, sumado a una excelente difusión por parte de productoras y distribuidoras, la película ha conseguido este gran éxito (una “pseudosorpresa”) en Estados Unidos, y por eso deja, aunque persigue todo lo contrario, un sabor de boca agridulce en el espectador.



